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Buen viaje… ¡Y envía una postal!

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postal 3 Buen viaje... ¡Y envía una postal!

En la era de Internet muchas son las formas de comunicación que parecen haberse quedado obsoletas. No obstante, la postal, fetiche gráfico del viaje, sobrevive a Facebook, Twitter, correos electrónicos y MMS… ¿Qué tendrá este pedazo de cartón en el que caben menos caracteres que en un mensaje de móvil para que nos resulte tan atractivo? ¿Será, acaso, su condición de pseudosouvenir?

Pocos hay que nos deseen buen viaje sin añadir después la coletilla de “y envía una postal”, y menos aún son los que se topan con un puesto de recuerdos y se resisten a comprar unas cuantas tarjetas postales, aunque no falten los casos en los que regresen con nosotros en la maleta.

postal antigua Buen viaje... ¡Y envía una postal!

La tarjeta postal, como todo en este mundo, tiene su historia. Las postales fueron inventadas por el profesor austriaco Hermann en 1869, y dos años más tarde se difundieron por España. Lo demás importa poco en este artículo, que pretende hacer un repaso por los diferentes tipos de postales que cualquier viajero puede encontrar hoy día en todo chiringuito playero que se precie.

En primer lugar está la postal al uso, la sobria, esa que se envía a la familia o al jefe. En su parte delantera se erige, majestuosa, qué sé yo… la Torre Eiffel. O una playa de Benidorm, lo mismo da. La mayor innovación en este tipo de postales radica en un frontal de imágenes múltiples, como queriendo hacer un recorrido rápido por el lugar. Esta es la típica, la más demandada, la bonita según quién fuera el fotógrafo.

alicante Buen viaje... ¡Y envía una postal!

Dentro de este tipo de postal me gustaría apuntar a una subcategoría. Es esa fotografía en la que aparece gente. Domingueros, vamos. De modo que acabamos enviando a nuestra tía Paquita una postal en la que ¡qué casualidad! reconoce a su amiga Mari Puri a lo lejos. ¡Que sí! ¡Que es que hace dos años, Mari Puri estuvo en Benidorm!

Luego están las ñoñas. Esas en las que aparecen bebés, o que tienen forma de animalitos. Es mejor evitarlas una vez superada la adolescencia. No guardan relación alguna con el lugar desde el que se envían, si no es por la inscripción, en tipo de letra Mistral, al pie de la misma. Pero… ¿y qué decir de las horteras? Seguro que todos habéis visto la típica, en la que aparece una paella. Y no es necesario estar en Valencia para encontrarlas… No señor, porque son typical spanish. Envíala sólo si eres guiri.

Mención aparte merecen las postales barriobajeras, esas que muestran una tía con unos pechos tan grandes que no le caben en la postal. O un cachas en tanga. Esas sólo para amigos íntimos que conozcan tu faceta bromista. Nunca envíes una de estas postales en serio. Y menos a tu jefe. También de bastante mal gusto son unas que tienen forma de abanico, con su puntilla y todo, que nadie sabe si es para que nos quitemos el sofoco mientras vamos a echarla al buzón, o si su diseño guarda alguna relación con el typical spanish de la paella.

Y finalmente, podríamos hablar de las ingeniosas. Aquí caben todas aquellas que, adscribiéndose o no a las categorías anteriores, llaman la atención por su mensaje o su composición. Sin duda alguna, mi favorita de este tipo es aquella, seguro que la conocéis, aquella que rezaba “Madrid de Noche”, y mostraba una imagen completamente negra.

En fin. Sólo me queda desearos unas felices vacaciones, que recibáis muchas postales y enviéis más, porque aún a pesar de que ya casi es una práctica del pasado, a todo el mundo le gusta encontrar en su buzón algo más que tristes facturas. Y respecto al viajero… sabemos que en el envío de estas postales radica la autoafirmación de su viaje, más que una forma de decir “me acuerdo de ti”, la postal es testimonio vivo de su periplo, es su experiencia materializada en una tarjeta de cartón donde cabe poco más que un “hola” y un “adiós”.

Imagen: Kalipedia; Mcu;
Vía: Diariodelviajero